Florencio Jara.
Ernesto Sábato confesaba, con esa gravedad de quien cruza un umbral sagrado, que ante las obras supremas se comportaba como quien penetra en un texto revelador: “cada página es un hito de un viaje iniciático”, decía el maestro.
No
comparto esa devoción, pero algunas veces tengo ideas profanas, insolentes,
como que la ficción camina siempre un paso adelante de la realidad, como la
sombra que precede al cuerpo en ciertos espacios rodeados de luminarias. No la
anticipa por capricho del autor, sino porque la novela, en su universo de
posibilidades, destila la anatomía de lo que ya late, soterrado, en el vientre
de la historia. De eso trata precisamente la novela “El Gatopardo”, ambientada
en la Sicilia del siglo XIX, donde el príncipe Salina ve desmoronarse su gobierno,
su estructura de poder y de gollerías; entonces su sobrino, Tancredi, una
víbora de salón como buen lector de Maquiavelo, dispara la sentencia que todos
los electores deberíamos grabar a fuego lento en nuestras mentes: “si queremos
que todo siga como está, es preciso que todo cambie”. Esta fórmula, desprovista
de su ropaje literario, describe un mecanismo de conservación sistémica
mediante la absorción de cambios en la periferia institucional, mientras el
núcleo de la estructura de poder permanece inalterado.
En
el Perú esta fórmula politóloga fue un diagnóstico quirúrgico del poder, pues
desde la caída de Fujimori ha sido el alambique donde ese mosto fermentado ha
sido destilado y servido en copas de cristal opaco.
Alberto
Fujimori apareció en la escena política prometiendo conservar el estado de
cosas que heredaba del gobierno de Alan García, con algunos ajustes intrascendentes.
El otro, Mario Vargas Llosa, con ideas nítidas, prometía el cambio radical:
shock, cirugía sin anestesia, mercado como verbo intransitivo.
¿Y
qué hizo el pueblo? Lo que siempre hacen los náufragos: aferrarse al tablazo
que flota a la deriva, aunque esté apolillado. Quizás el chinito resultaba
simpático con su tractorcito y su chalequito. Quizás el miedo al reajuste era
un fantasma demasiado reciente; quizá el pánico a un shock económico que ya
había lacerado el estómago del país bajo el aprismo (recordemos que Alan García
había sido el aprendiz de brujo del desastre), pesó mucho. Quizás, y esto es
más turbio, las escenas apocalípticas de “The wall”, aquella película de Pink
Floyd (esos martillos marchando; paredes pariendo rostros fantasmagóricos
aullando; esa carne triturada en la maquinaria), difundidas arteramente por la
propaganda aprista como un augurio de lo que haría Vargas Llosa, hicieron su
trabajo en la psique colectiva. Lo irónico, lo que la novela de Lampedusa ya anticipaba,
es que Fujimori, al hacerse del poder, aplicó, con torpeza de aprendiz y
crueldad de ejecutor, la receta vargasllosiana que tanto injurió, pero mal
aplicada, el shock no fue cirujano; fue hacha (Hurtado Miller y su expresión
que pasó a la historia: “¡Qué Dios nos ayude!”). Y el corte, mal dirigido, dejó
una cicatriz que definió la topografía política de las décadas siguientes hasta
nuestros días.
Desde
entonces navegamos en las aguas del neoliberalismo, o como quiera llamarse a
ese archipiélago de mercados, privatizaciones y disciplina fiscal que se volvió
geografía inamovible. O mejor dicho, navegamos en la ilusión de que cambiamos
de rumbo mientras la corriente nos arrastra. Incluso cuando llegaron gobiernos
que se autoproclamaron de izquierda, jurando en campaña giros copernicanos al
modelo macroeconómico, el timón, al tocar el agua, giró hacia el mismo norte
(ahí está Ollanta Humala de timonel). La promesa de Tancredi se cumplió con
precisión de cronometro: se cambió la fachada, se pintaron de nuevo las
paredes, pero las estructuras siguieron siendo las de siempre.
No
hay ejemplo más paradigmático de este síndrome gatopardista que el gobierno de
Pedro Castillo. Accedió al poder con un grito de refundación: nueva
Constitución, ruptura con el modelo heredado, justicia social como eje. La
realidad, sin embargo, es un espejo que no miente: las estructuras que prometía
cambiar, lejos de desmoronarse, se han blindado. En este último tramo, cuatro
inquilinos han pasado por la Casa de Pizarro, y sin embargo, la arquitectura
del poder no ha crujido. Ni siquiera la moneda, ese termómetro de la confianza
en los países que sangran, ha temblado. En cualquier otra latitud, semejante
sucesión de crisis habría derribado el edificio; aquí, pareciera que el suelo
es de concreto armado, y el edificio, aunque cambie de inquilino, sigue siendo
el mismo. La estabilidad del sol no es un milagro económico: es la quietud de
un sistema que ha aprendido a absorber los terremotos sin variar su eje.
Y
ahora, ante el umbral de las próximas elecciones presidenciales, el guion se
repite con la precisión de un mecanismo de reloj suizo. Un candidato, antes de
la primera vuelta, pregonaba un cambio estructural radical, eco directo de la
línea castillista: derogar la Constitución, destituir al presidente del Banco
Central de Reserva, incorporar a un militar de izquierda radical, aquel que
saltó a la fama tras tomar una comisaría en Andahuaylas, en las alturas de
Apurímac. Parecía el advenimiento de lo nuevo. Pero al llegar la segunda
vuelta, la retórica ha comenzado a mudarse. Ahora habla de tomarse un cafecito
con el funcionario bancario de marras, toma distancia del líder nacionalista
que antes abrazaba, y maquilla sus propuestas con la prudencia de quien ha
descubierto que el poder no se alcanza con arengas, sino con pactos. Es, ni más
ni menos, la materialización exacta de lo que Tancredi profetizó: cambiar para
que nada cambie.
La
ficción, insisto, va un paso adelante. No porque adivine el futuro, sino porque
conoce la fisiología del presente.
Si
no nos salimos del libreto que contiene “El Gatopardo” las próximas elecciones,
como todas las anteriores, será un ritual de renovación que consagre la
continuidad. O tal vez no.
El
tiempo nos lo dirá.
Ica, 29 de abril del 2026.

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