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lunes, 13 de julio de 2026

El Cusco como expediente de la culpa: una lectura crítica de Fundido en negro. Crónica de un asesinato. La novela de Florencio Jara.

 

El Cusco como expediente de la culpa: una lectura crítica de Fundido en negro. Crónica de un asesinato.
Por Albert Dylan.


En Fundido en negro. Crónica de un asesinato, Florencio Jara construye una novela incómoda, vehemente y de respiración larga, situada en una zona poco transitada por la narrativa peruana reciente: el cruce entre la novela negra, la crónica judicial, la memoria alcohólica y el regreso al lugar donde una culpa antigua no ha terminado de prescribir. No se trata de un thriller convencional, aunque use sus herramientas; tampoco de una novela judicial en sentido estricto, aunque la mirada del abogado penalista organice buena parte del relato. Su territorio más propio es otro: el de una conciencia que vuelve al Cusco para defender a un amigo y termina sometida a un proceso más severo que cualquier audiencia penal: el juicio de su propia memoria.



La premisa es eficaz. Un abogado penalista retorna al Cusco después de treinta años para atender el caso de Sandro, un amigo de infancia acusado de un delito grave. Ese viaje profesional se convierte pronto en una inmersión en el pasado. Desde sus primeras páginas, la ciudad deja de ser escenario y se vuelve fuerza narrativa. El Cusco no aparece aquí como postal patrimonial ni como decorado turístico: es una presencia animal, rencorosa, ceremonial, alcohólica, judicial y funeraria. La imagen del puma —inscrita en la geografía simbólica de la ciudad— funciona como matriz de lectura: el protagonista no regresa a un lugar, sino a una criatura agazapada que lo esperaba.
Una de las virtudes centrales de la novela es su voz. El narrador posee una dicción reconocible: culta y callejera, jurídica y procaz, reflexiva y brutal. Su ironía no es ornamental; es un mecanismo defensivo. El abogado que narra sabe demasiado de expedientes, de mentiras procesales y de estrategias defensivas, pero no sabe lo suficiente de sí mismo. Esa contradicción le da espesor al personaje. La novela acierta cuando permite que esa voz muestre sus fisuras: el cinismo convive con la ternura hacia la hija, el desprecio por el aparato judicial convive con una fe residual en la verdad, la disciplina física convive con el desorden moral del recuerdo.
El libro tiene además un sistema de símbolos coherente. El alcohol no es solo un hábito festivo ni una coartada narrativa; es el gran operador de la memoria. La novela abre bajo la sombra de epígrafes que vinculan bebida, olvido, verdad y justicia, y esa elección no es casual. La pregunta que atraviesa el texto no es únicamente quién cometió un crimen o quién mintió en un expediente, sino qué ocurre cuando la memoria se interrumpe allí donde la conciencia más la necesita. El título, en ese sentido, es preciso: el “fundido en negro” remite al apagón alcohólico, pero también a la zona oscura entre hecho, recuerdo, expediente y culpa.
Como novela judicial, Fundido en negro tiene un mérito particular: no convierte el derecho en simple utilería. La terminología penal, las referencias al expediente, a la prisión preventiva, a la imputación, a la verdad formal y a la verdad real no suenan injertadas. Pertenecen al mundo mental del narrador. Allí donde otros textos reducen el derecho a solemnidad o trámite, Jara lo presenta como una maquinaria humana, cargada de sesgos, miedos, intereses y vanidades. La justicia aparece menos como templo que como campo de disputa. Esta mirada, áspera y desencantada, le da al libro una densidad poco común en ficciones policiales de circulación local.
Sin embargo, la misma fuerza de la voz genera algunos de los límites de la obra. El narrador tiende a explicar, concluir y sentenciar con frecuencia. Muchas de sus reflexiones son brillantes en sí mismas, pero no todas tienen el mismo peso narrativo. En varios pasajes, la novela parece detener la acción para permitir que el narrador despliegue una teoría sobre el cuerpo, la justicia, la corrupción, el alcohol, la ciudad o el paso del tiempo. Ese procedimiento forma parte del estilo, sin duda, pero también puede ralentizar la lectura. El lector que busque una intriga judicial de avance continuo encontrará zonas de demora; el lector dispuesto a aceptar la digresión como parte del temperamento de la obra hallará allí buena parte de su singularidad.
El Cusco es, probablemente, el personaje mejor construido. Su representación escapa a la idealización turística. Es una ciudad de procesiones y resacas, de piedra y orines, de santos, bares, callejones, música, expedientes y fantasmas. La novela entiende que una ciudad no se narra solo por sus monumentos, sino por sus olores, sus rutinas, sus excesos y sus contradicciones. En ese registro, Jara consigue una forma de noir andino: no basta con trasladar los códigos de la novela negra a una ciudad serrana; hay que hacer que la oscuridad brote de sus propias fiestas, de su historia, de su religiosidad y de su violencia latente.
La estructura del libro responde a esa lógica de retorno y revelación. Los capítulos, titulados con una deliberada carga literaria, funcionan como estaciones de una investigación doble: una externa, vinculada al caso de Sandro, y otra íntima, ligada al pasado del narrador. El riesgo estructural está en que la segunda investigación —la subjetiva— termina siendo mucho más poderosa que la primera. Sandro, pese a ser el detonante, queda por momentos desplazado frente al peso de la memoria amorosa, la juventud perdida y la figura de la Flaca. Esto no invalida la novela, pero sí define su verdadero género: más que una novela sobre un caso penal, es una novela sobre la forma en que un caso penal abre la tumba de otro caso moral.
La Flaca ocupa un lugar decisivo dentro de esa arquitectura. Más que personaje realista en sentido tradicional, opera como centro magnético de la memoria. Es amor de juventud, herida no resuelta, clave de lectura del pasado y posibilidad de absolución. Su figura corre el riesgo de ser leída, en ciertos tramos, desde una mirada masculina demasiado insistente en el cuerpo y el deseo. Pero conforme avanza la narración, el personaje deja de ser solo objeto de fascinación retrospectiva y se convierte en una presencia ética: aquello que el narrador no pudo comprender en su momento y que solo el tiempo vuelve legible.
Hay también una dimensión generacional que merece atención. Fundido en negro es una novela sobre hombres que envejecen, que recuerdan mal, que beben, que se insultan con afecto, que convierten la amistad en coartada contra la intemperie. La masculinidad que aparece en el libro es contradictoria: por momentos lúcida, por momentos autoritaria; a veces tierna, a veces vulgar; capaz de lealtad, pero también de autoengaño. La novela no siempre toma distancia explícita de esa mirada, y allí puede incomodar a ciertos lectores. Pero esa incomodidad no necesariamente es un defecto: forma parte del material humano que el texto decide poner en escena.
El final confirma que la obra está menos interesada en la resolución policial que en la recomposición moral. La verdad, cuando llega, no funciona como truco de cierre, sino como una forma tardía de liberación. El epílogo, situado fuera del núcleo cusqueño, opera como una coda: no intensifica el conflicto, sino que deja ver sus residuos. Puede discutirse si la novela necesitaba prolongarse después del cierre emocional principal, pero ese tramo final conserva coherencia con una de las obsesiones del libro: los casos importantes nunca terminan del todo; apenas cambian de jurisdicción, de paisaje o de herida.
Fundido en negro no es una novela perfecta ni busca serlo. Su prosa tiene momentos de gran potencia y otros en los que se deja arrastrar por la abundancia verbal. Su narrador es memorable, aunque a ratos excesivo. Su trama judicial interesa, aunque su verdadera fuerza está en la memoria. Sus digresiones pueden impacientar, pero también construyen una textura personalísima. Estamos ante una obra de temperamento, no de neutralidad; una novela que prefiere arriesgar una voz desbordada antes que refugiarse en la corrección plana.
En un panorama donde muchas ficciones policiales se limitan a reproducir fórmulas, la novela de Jara propone algo más áspero: una pesquisa sobre la verdad cuando esta ha sido deformada por el alcohol, por el expediente, por el deseo y por el paso del tiempo. Su mayor hallazgo consiste en convertir al Cusco en archivo viviente de una culpa. Allí, la verdad no se descubre simplemente: se padece. Y esa es, acaso, la razón por la que la novela permanece después de cerrada: porque entiende que todo regreso verdadero es también una comparecencia.



 

miércoles, 13 de mayo de 2026

EL SINDROME GATOPARDO Y LAS ELECCIONES EN EL PERÙ POST FUJIMORISTA.


Florencio Jara. 

Ernesto Sábato confesaba, con esa gravedad de quien cruza un umbral sagrado, que ante las obras supremas se comportaba como quien penetra en un texto revelador: “cada página es un hito de un viaje iniciático”, decía el maestro.

No comparto esa devoción, pero algunas veces tengo ideas profanas, insolentes, como que la ficción camina siempre un paso adelante de la realidad, como la sombra que precede al cuerpo en ciertos espacios rodeados de luminarias. No la anticipa por capricho del autor, sino porque la novela, en su universo de posibilidades, destila la anatomía de lo que ya late, soterrado, en el vientre de la historia. De eso trata precisamente la novela “El Gatopardo”, ambientada en la Sicilia del siglo XIX, donde el príncipe Salina ve desmoronarse su gobierno, su estructura de poder y de gollerías; entonces su sobrino, Tancredi, una víbora de salón como buen lector de Maquiavelo, dispara la sentencia que todos los electores deberíamos grabar a fuego lento en nuestras mentes: “si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”. Esta fórmula, desprovista de su ropaje literario, describe un mecanismo de conservación sistémica mediante la absorción de cambios en la periferia institucional, mientras el núcleo de la estructura de poder permanece inalterado.

En el Perú esta fórmula politóloga fue un diagnóstico quirúrgico del poder, pues desde la caída de Fujimori ha sido el alambique donde ese mosto fermentado ha sido destilado y servido en copas de cristal opaco.

Alberto Fujimori apareció en la escena política prometiendo conservar el estado de cosas que heredaba del gobierno de Alan García, con algunos ajustes intrascendentes. El otro, Mario Vargas Llosa, con ideas nítidas, prometía el cambio radical: shock, cirugía sin anestesia, mercado como verbo intransitivo.

¿Y qué hizo el pueblo? Lo que siempre hacen los náufragos: aferrarse al tablazo que flota a la deriva, aunque esté apolillado. Quizás el chinito resultaba simpático con su tractorcito y su chalequito. Quizás el miedo al reajuste era un fantasma demasiado reciente; quizá el pánico a un shock económico que ya había lacerado el estómago del país bajo el aprismo (recordemos que Alan García había sido el aprendiz de brujo del desastre), pesó mucho. Quizás, y esto es más turbio, las escenas apocalípticas de “The wall”, aquella película de Pink Floyd (esos martillos marchando; paredes pariendo rostros fantasmagóricos aullando; esa carne triturada en la maquinaria), difundidas arteramente por la propaganda aprista como un augurio de lo que haría Vargas Llosa, hicieron su trabajo en la psique colectiva. Lo irónico, lo que la novela de Lampedusa ya anticipaba, es que Fujimori, al hacerse del poder, aplicó, con torpeza de aprendiz y crueldad de ejecutor, la receta vargasllosiana que tanto injurió, pero mal aplicada, el shock no fue cirujano; fue hacha (Hurtado Miller y su expresión que pasó a la historia: “¡Qué Dios nos ayude!”). Y el corte, mal dirigido, dejó una cicatriz que definió la topografía política de las décadas siguientes hasta nuestros días.

Desde entonces navegamos en las aguas del neoliberalismo, o como quiera llamarse a ese archipiélago de mercados, privatizaciones y disciplina fiscal que se volvió geografía inamovible. O mejor dicho, navegamos en la ilusión de que cambiamos de rumbo mientras la corriente nos arrastra. Incluso cuando llegaron gobiernos que se autoproclamaron de izquierda, jurando en campaña giros copernicanos al modelo macroeconómico, el timón, al tocar el agua, giró hacia el mismo norte (ahí está Ollanta Humala de timonel). La promesa de Tancredi se cumplió con precisión de cronometro: se cambió la fachada, se pintaron de nuevo las paredes, pero las estructuras siguieron siendo las de siempre.

No hay ejemplo más paradigmático de este síndrome gatopardista que el gobierno de Pedro Castillo. Accedió al poder con un grito de refundación: nueva Constitución, ruptura con el modelo heredado, justicia social como eje. La realidad, sin embargo, es un espejo que no miente: las estructuras que prometía cambiar, lejos de desmoronarse, se han blindado. En este último tramo, cuatro inquilinos han pasado por la Casa de Pizarro, y sin embargo, la arquitectura del poder no ha crujido. Ni siquiera la moneda, ese termómetro de la confianza en los países que sangran, ha temblado. En cualquier otra latitud, semejante sucesión de crisis habría derribado el edificio; aquí, pareciera que el suelo es de concreto armado, y el edificio, aunque cambie de inquilino, sigue siendo el mismo. La estabilidad del sol no es un milagro económico: es la quietud de un sistema que ha aprendido a absorber los terremotos sin variar su eje.

Y ahora, ante el umbral de las próximas elecciones presidenciales, el guion se repite con la precisión de un mecanismo de reloj suizo. Un candidato, antes de la primera vuelta, pregonaba un cambio estructural radical, eco directo de la línea castillista: derogar la Constitución, destituir al presidente del Banco Central de Reserva, incorporar a un militar de izquierda radical, aquel que saltó a la fama tras tomar una comisaría en Andahuaylas, en las alturas de Apurímac. Parecía el advenimiento de lo nuevo. Pero al llegar la segunda vuelta, la retórica ha comenzado a mudarse. Ahora habla de tomarse un cafecito con el funcionario bancario de marras, toma distancia del líder nacionalista que antes abrazaba, y maquilla sus propuestas con la prudencia de quien ha descubierto que el poder no se alcanza con arengas, sino con pactos. Es, ni más ni menos, la materialización exacta de lo que Tancredi profetizó: cambiar para que nada cambie.

La ficción, insisto, va un paso adelante. No porque adivine el futuro, sino porque conoce la fisiología del presente.

Si no nos salimos del libreto que contiene “El Gatopardo” las próximas elecciones, como todas las anteriores, será un ritual de renovación que consagre la continuidad. O tal vez no.

El tiempo nos lo dirá.

Ica, 29 de abril del 2026.