lunes, 13 de julio de 2026
El Cusco como expediente de la culpa: una lectura crítica de Fundido en negro. Crónica de un asesinato. La novela de Florencio Jara.
El Cusco como expediente de la culpa: una lectura crítica de Fundido en negro. Crónica de un asesinato.
La
premisa es eficaz. Un abogado penalista retorna al Cusco después de treinta
años para atender el caso de Sandro, un amigo de infancia acusado de un delito
grave. Ese viaje profesional se convierte pronto en una inmersión en el pasado.
Desde sus primeras páginas, la ciudad deja de ser escenario y se vuelve fuerza
narrativa. El Cusco no aparece aquí como postal patrimonial ni como decorado
turístico: es una presencia animal, rencorosa, ceremonial, alcohólica, judicial
y funeraria. La imagen del puma —inscrita en la geografía simbólica de la
ciudad— funciona como matriz de lectura: el protagonista no regresa a un lugar,
sino a una criatura agazapada que lo esperaba.
miércoles, 13 de mayo de 2026
EL SINDROME GATOPARDO Y LAS ELECCIONES EN EL PERÙ POST FUJIMORISTA.
Florencio Jara.
Ernesto Sábato confesaba, con esa gravedad de quien cruza un umbral sagrado, que ante las obras supremas se comportaba como quien penetra en un texto revelador: “cada página es un hito de un viaje iniciático”, decía el maestro.
No
comparto esa devoción, pero algunas veces tengo ideas profanas, insolentes,
como que la ficción camina siempre un paso adelante de la realidad, como la
sombra que precede al cuerpo en ciertos espacios rodeados de luminarias. No la
anticipa por capricho del autor, sino porque la novela, en su universo de
posibilidades, destila la anatomía de lo que ya late, soterrado, en el vientre
de la historia. De eso trata precisamente la novela “El Gatopardo”, ambientada
en la Sicilia del siglo XIX, donde el príncipe Salina ve desmoronarse su gobierno,
su estructura de poder y de gollerías; entonces su sobrino, Tancredi, una
víbora de salón como buen lector de Maquiavelo, dispara la sentencia que todos
los electores deberíamos grabar a fuego lento en nuestras mentes: “si queremos
que todo siga como está, es preciso que todo cambie”. Esta fórmula, desprovista
de su ropaje literario, describe un mecanismo de conservación sistémica
mediante la absorción de cambios en la periferia institucional, mientras el
núcleo de la estructura de poder permanece inalterado.
En
el Perú esta fórmula politóloga fue un diagnóstico quirúrgico del poder, pues
desde la caída de Fujimori ha sido el alambique donde ese mosto fermentado ha
sido destilado y servido en copas de cristal opaco.
Alberto
Fujimori apareció en la escena política prometiendo conservar el estado de
cosas que heredaba del gobierno de Alan García, con algunos ajustes intrascendentes.
El otro, Mario Vargas Llosa, con ideas nítidas, prometía el cambio radical:
shock, cirugía sin anestesia, mercado como verbo intransitivo.
¿Y
qué hizo el pueblo? Lo que siempre hacen los náufragos: aferrarse al tablazo
que flota a la deriva, aunque esté apolillado. Quizás el chinito resultaba
simpático con su tractorcito y su chalequito. Quizás el miedo al reajuste era
un fantasma demasiado reciente; quizá el pánico a un shock económico que ya
había lacerado el estómago del país bajo el aprismo (recordemos que Alan García
había sido el aprendiz de brujo del desastre), pesó mucho. Quizás, y esto es
más turbio, las escenas apocalípticas de “The wall”, aquella película de Pink
Floyd (esos martillos marchando; paredes pariendo rostros fantasmagóricos
aullando; esa carne triturada en la maquinaria), difundidas arteramente por la
propaganda aprista como un augurio de lo que haría Vargas Llosa, hicieron su
trabajo en la psique colectiva. Lo irónico, lo que la novela de Lampedusa ya anticipaba,
es que Fujimori, al hacerse del poder, aplicó, con torpeza de aprendiz y
crueldad de ejecutor, la receta vargasllosiana que tanto injurió, pero mal
aplicada, el shock no fue cirujano; fue hacha (Hurtado Miller y su expresión
que pasó a la historia: “¡Qué Dios nos ayude!”). Y el corte, mal dirigido, dejó
una cicatriz que definió la topografía política de las décadas siguientes hasta
nuestros días.
Desde
entonces navegamos en las aguas del neoliberalismo, o como quiera llamarse a
ese archipiélago de mercados, privatizaciones y disciplina fiscal que se volvió
geografía inamovible. O mejor dicho, navegamos en la ilusión de que cambiamos
de rumbo mientras la corriente nos arrastra. Incluso cuando llegaron gobiernos
que se autoproclamaron de izquierda, jurando en campaña giros copernicanos al
modelo macroeconómico, el timón, al tocar el agua, giró hacia el mismo norte
(ahí está Ollanta Humala de timonel). La promesa de Tancredi se cumplió con
precisión de cronometro: se cambió la fachada, se pintaron de nuevo las
paredes, pero las estructuras siguieron siendo las de siempre.
No
hay ejemplo más paradigmático de este síndrome gatopardista que el gobierno de
Pedro Castillo. Accedió al poder con un grito de refundación: nueva
Constitución, ruptura con el modelo heredado, justicia social como eje. La
realidad, sin embargo, es un espejo que no miente: las estructuras que prometía
cambiar, lejos de desmoronarse, se han blindado. En este último tramo, cuatro
inquilinos han pasado por la Casa de Pizarro, y sin embargo, la arquitectura
del poder no ha crujido. Ni siquiera la moneda, ese termómetro de la confianza
en los países que sangran, ha temblado. En cualquier otra latitud, semejante
sucesión de crisis habría derribado el edificio; aquí, pareciera que el suelo
es de concreto armado, y el edificio, aunque cambie de inquilino, sigue siendo
el mismo. La estabilidad del sol no es un milagro económico: es la quietud de
un sistema que ha aprendido a absorber los terremotos sin variar su eje.
Y
ahora, ante el umbral de las próximas elecciones presidenciales, el guion se
repite con la precisión de un mecanismo de reloj suizo. Un candidato, antes de
la primera vuelta, pregonaba un cambio estructural radical, eco directo de la
línea castillista: derogar la Constitución, destituir al presidente del Banco
Central de Reserva, incorporar a un militar de izquierda radical, aquel que
saltó a la fama tras tomar una comisaría en Andahuaylas, en las alturas de
Apurímac. Parecía el advenimiento de lo nuevo. Pero al llegar la segunda
vuelta, la retórica ha comenzado a mudarse. Ahora habla de tomarse un cafecito
con el funcionario bancario de marras, toma distancia del líder nacionalista
que antes abrazaba, y maquilla sus propuestas con la prudencia de quien ha
descubierto que el poder no se alcanza con arengas, sino con pactos. Es, ni más
ni menos, la materialización exacta de lo que Tancredi profetizó: cambiar para
que nada cambie.
La
ficción, insisto, va un paso adelante. No porque adivine el futuro, sino porque
conoce la fisiología del presente.
Si
no nos salimos del libreto que contiene “El Gatopardo” las próximas elecciones,
como todas las anteriores, será un ritual de renovación que consagre la
continuidad. O tal vez no.
El
tiempo nos lo dirá.
Ica, 29 de abril del 2026.
miércoles, 7 de agosto de 2024
Realismo Mágico, a propósito del Manifiesto del Partido Comunista.
CAJÓN DE SASTRE.
Realismo Mágico,
a propósito del Manifiesto del Partido Comunista.
Segundo
Florencio Jara Peña.
Soy un comprador
compulsivo.
Soy un comprador
compulsivo de libros. De hecho mi capacidad de adquisición de libros ha
rebasado sideralmente a mi capacidad lectora. Tengo en lista de espera,
pendientes de leer, más de 80 libros. Aun así, si me encuentro en una feria de
libro, librería de viejo o cualquier librería, termino comprando más. “Compro
más libros de los que puedo leer, porque me gusta la idea de que están allí,
esperando por mí, y porque me gusta la sensación de que tengo una reserva de
conocimiento y placer a mi disposición”. Lo dijo Umberto Eco un grandísimo
lector y redomado coleccionista de libros, cuya biblioteca personal tenía más
de 50 mil libros. Es también una de mis grandes pasiones: amo los libros.
Curioseaba en uno de
los stand montados en una conocida feria libresca cuando, en una sección de
remates, a 10 Soles, vi que ofrecían una edición del año 2022 de "El
manifiesto del partido comunista" de Karl Marx y Friedrich
Engels, de la editorial Sapere Aude. Obviamente la obra ya había entrado en el
dominio público y cualquiera podía editarlo. Lo compré, pues no estaba seguro
si seguía conservando o no el ejemplar de la edición de Pekín de 1968, de
carátula amarilla, el que me había regalado un amigo Trotskista, sobrino de un
conocido guerrillero fallido de los sesentas.
En las épocas de las
vacas flacas, cuando mi capacidad lectora no tenía límites, visitaba con
regularidad a este amigo. Provenía de una familia de intelectuales y vaya que
tenían una biblioteca envidiable. Se dice que lo políticamente correcto es que
un intelectual sea de izquierdas y su familia era de izquierdas, pero éramos
amigos aun cuando yo, en esa época y creo que incluso ahora, era un “no
alineado”. Creo que, de acuerdo a mi manual de instrucciones genético, fui
diseñado así, contra lo políticamente correcto.
Con todo, nos unían
algunas pasiones: la literatura, el rock y el montañismo. Yo le sacaba provecho
a su bien dotada biblioteca. Fue allí de donde tomé prestado “Conversación en
la catedral” y pasé todo un día y su noche entera disfrutando de esa
maravillosa novela. Boris, así se llamaba mi amigo, siempre que podía intentaba
persuadirme hacia sus fueros políticos. Con ese motivo me regaló el librito de
marras: “El Manifiesto del partido comunista”.
En esa época leía de
todo (recuerdo haber leído una guía para desarmar el transistor receptor
KH-300, de una editorial argentina), así es que no tuve empacho en leerlo, lo
hice de un tirón una noche antes de dormir.
Su estilo narrativo y
estructura retórica me parecía, polifónicamente, similar a un tema de Led
Zeppelin: "Escalera al cielo". Con un inicio impactante
que captura la atención del oyente (lector), un desarrollo que construye
argumentos sólidos y un final que remata con fuerza. La famosa frase
inicial "Un fantasma recorre Europa" es como la
introducción, musicalmente hablando por supuesto, de "Stairway to
Heaven", estableciendo un tono sombrío y misterioso que atrae al
oyente.
Marx y Engels crean una
atmósfera de urgencia y alerta, preparando el terreno para su análisis de la
lucha de clases y el surgimiento de la burguesía. El cuerpo del texto es como
el desarrollo del tema musical: construyen argumentos y ejemplos que se
entrelazan para crear una armonía coherente. Utilizan metáforas, muchas, para
ilustrar sus puntos de vista y hacer que el lector se sienta parte de la
narrativa. El final del manifiesto es como el clímax de la canción, con Marx y
Engels presentando sus alegatos contra la religión y la ideología burguesa con
fuerza y convicción. La famosa frase "Proletarios de todos los
países, ¡uníos!" es como el estribillo final, dejando al oyente
(lector) con una sensación de llamado a la acción y un mensaje claro.
Si la estructura me
parecía polifónica, su texto lo entendía más allá de su propósito político
original, simplemente como una pieza literaria maestra. Una bien redactada
ficción antes que un manual político. Dice Vargas Llosa que la primera obligación
de una obra de ficción no es instruir, sino hechizar al lector. Desde el primer
momento que lo leí fui hechizado por la trama. En lugar de enfocarme en su
contenido político, lo abordé como si estuviera leyendo "Pedro
Páramo", de Juan Rulfo, o "100 años de soledad" de
Gabriel García Márquez.
Lo disfruté. Descubrí
un mundo donde la historia se entrelaza con la fantasía y la crítica social se
disfraza de mito. La burguesía y el proletariado se convierten en personajes de
una narrativa épica, donde la lucha de clases es el hilo conductor que teje la
trama. El anuncio apocalíptico "Un fantasma recorre Europa" se
transforma en una imagen onírica, un presagio que anuncia la llegada de una
fuerza desconocida y poderosa. La descripción de la sociedad capitalista como
un "espectáculo de fantasmas" adquiere un tono surrealista, donde la
realidad se distorsiona y la verdad se oculta detrás de una cortina de humo.
“El Manifiesto” se convierte en una alegoría, donde la lucha de clases es la
batalla entre la luz y la oscuridad, la razón y la superstición. La burguesía
es el hechicero que controla las sombras, mientras que el proletariado es el
héroe que busca liberar al mundo de su hechizo.
Pero de allí a creer
que esas bellas letras pudieran cambiar el mundo hay mucha distancia, era como
creer que viajando a Colombia, compramos un mapa y llegamos a Macondo. Nunca
creí que siguiendo a pie juntillas este manual se pudiera hacer realidad sus
profecías. Pero eso no le quita que sea uno de los libros que más veces lo he
leído, que más placer me ha proporcionado, pero por su calidad literaria, no
por su contenido político. Simplemente una obra maestra de la literatura.
Tal vez parezca un
contrasentido, sobre todo por lo que dije anteriormente, pero al releerlo
nuevamente caigo en la cuenta de que este es un libro que obligatoriamente
tendría que ser material de lectura en los cursos sobre litigación y
argumentación, pues presenta una estructura argumentativa y retórica
cuidadosamente elaborada para persuadir al lector de la inevitabilidad de su
hipótesis.
Ah, me olvidaba.
En uno de los inmensos pasillos de la feria vi a Boris, acompañado de una
gringa, se abrigaba con una casaca y cubría su calva con un gorro, ambos de
Columbia. Compraba un libro: La conjura contra América, de Philip Roth.
sábado, 8 de junio de 2024
Hijos de puta.
Cajón de sastre.
Hijos
de puta.
Segundo Florencio Jara
Peña.
“(…)
Y mi abuelo, campesino de Almería trasplantado a la Pampa por hambre, pastor de
cabras que había aprendido a leer por su cuenta mientras descubría el secreto
de las vetas de la maderas, marxista autodidacta y dialogante, me dio esa noche
la mayor lección de sabiduría de toda mi vida:
- Un gusano se puede transformar en
mariposa –dijo el abuelo-. Pero un hijo de puta será siempre un hijo de puta.”
(Rayos X, Carlos Salem. Tropo Editores).
Una crónica mía publicada en un diario nacional (La Opinión
de Ica del 16 de abril del 2024), donde relataba la aventura amorosa de un amigo, terminaba así: “después de todo tan hijo de puta no soy”.
(Jueces con sesgos machistas).
Aun cuando supuse que el diario tenía un estilo conservador,
pero el contexto del relato hizo que me tomara esa liberalidad y recurriera a
la palabra más malsonante de nuestro idioma castellano.
El
castellano debe ser uno de los idiomas que dispone de un grandísimo número de
expresiones insultantes, ofensivas, soeces y escatológicas, superior, de lejos,
a cualquier otro idioma en el mundo.
No soy lingüista, pero creo que tan célebre afrenta verbal
merece un ensayo propio.
En
el vasto universo de la lengua española, las palabras adquieren múltiples
matices y significados que trascienden su uso original. A menudo, las
expresiones malsonantes o lisuras, que a primera vista parecen ser meramente
ofensivas, encierran en su seno una riqueza lingüística y cultural que merece
ser explorada y comprendida en toda su complejidad. Las palabras, como
entidades vivas que son, evolucionan y se adaptan a los contextos en los que se
utilizan. Una palabra que en un momento puede ser considerada un insulto, en
otro puede transformarse en un elogio, o incluso en una exclamación de júbilo o
satisfacción. Esta dualidad es inherente al lenguaje humano y refleja la
diversidad de nuestras emociones y experiencias.
Las
lisuras también son portadoras de cultura. Encierran historias, tradiciones y
valores de los pueblos que las han acuñado. Ignorarlas o rechazarlas por
completo sería dar la espalda a una parte de nuestra identidad cultural que,
aunque controvertida, es indiscutiblemente rica y variada. García Marquez
escribió Memorias de mis putas tristes.
Fernando Vallejo publicó Memorias de
un hijueputa. Acá, en Perú, Fernando Ampuero hizo lo propio con Puta linda. Charles Bukowski
arrasa con todos ellos con su libro de relatos La máquina de follar.
Entonces,
resumiendo, las palabras malsonantes y las lisuras son mucho más que su
apariencia inicial. Son un testimonio de la complejidad del ser humano y de su
capacidad para comunicar una amplia gama de sentimientos y pensamientos. Su
uso, lejos de ser un mero acto de vulgaridad, es un arte que, ejecutado con
pericia y sensibilidad, puede enriquecer nuestro lenguaje y nuestra interacción
social.
Este
será un alegato que intentará justificar y comprender el uso de las lisuras en
nuestra lengua, en realidad del controvertido “hijo de puta”, pero no para
promover su uso indiscriminado, sino para reconocer su valor lingüístico y
cultural en los contextos adecuados.
Mi abuelo, un hacendado de las serranías venido a pobre, no
era ni autodidacta, ni carpintero, ni marxista, pero era un lisuriento que
haría avergonzar, con su verborrea injuriante, al más avezado patibulario de
Lurigancho. O eso me parecía a mis 8 años. Hacía un uso indiscriminado de
“jijunagranputa”. Con el tiempo descubriría que era una derivación de “hijo de
la gran puta”, cuya literalidad significa ser el vástago de una meretriz y eso,
automáticamente, lo convertía, de acuerdo al diccionario de la Real Academia de
la lengua española, en una “persona muy
indeseable”.
Creo que las puteadas que profería mi abuelo tenían más que
ver con la variante peruana de esa expresión: “jijunagranputa”. O en su versión
apocopada: “jijuna”. Que implica muchísimo más que una simple persona
indeseable. Pues del jijunagranputa que se metía mi abuelo
entendía, yo, que el blanco del insulto de marras era la persona más rastrera,
la más canalla y traidora, el ser más miserable, abyecto, ruin, asqueroso y
maloliente. Redomado por lo malnacido y lo malvado que es, que psicosomáticamente
provoca un inmediato y espontáneo asco. Escoria de lo peor. Un verdadero hijo
de puta. Esa fue la primera lección de mi infancia.
La expresión “hijo de puta” es una de las más polémicas y
complejas dentro del vasto repertorio lingüístico de los países
latinoamericanos. Su uso trasciende la literalidad para convertirse en un
término con una rica variedad de significados y connotaciones, que varían
enormemente según el contexto y la intención del hablante.
Cierto,
en su sentido más básico y literal, “hijo de puta” hace referencia a la
descendencia de una prostituta. Sin embargo, esta interpretación es raramente,
ni por asomo, la intención detrás de su uso en la comunicación cotidiana. En la
mayoría de los casos, se emplea como un insulto para denigrar a alguien,
equiparándolo con “el más ruin de los canallas” o “la persona más detestable”
(véase algunos sinónimos líneas arriba). Esta aplicación del término es
universalmente reconocida y comprendida en todos los países de habla hispana.
No
obstante, la expresión también puede tener un matiz completamente diferente. En
ciertos contextos, “hijo de puta” se utiliza como una forma de elogio o
admiración hacia una persona que ha demostrado ser excepcionalmente hábil o
astuta en alguna actividad. Por ejemplo, hace poco estuve de espectador en una
competencia de ciclismo de enduro; en una de esas rampas, que parecía ubicada
en dirección a un despeñadero de rocas filosas, un ciclista se impulsó a toda
velocidad y voló veinte metros, hasta conectar con el otro extremo de la vía, y
continuó deslizándose hasta la meta. Magistral. Al unísono exclamamos, varias
personas, ¡¡hijo de puta!! como una forma de reconocimiento a su talento y
audacia.
También
la expresión puede funcionar como un término de camaradería entre amigos
cercanos. En este caso, se pronuncia con un tono afectuoso y sin intención de
ofender. Esto me trae a recuerdo, en los ochentas, cuando éramos felices e
indocumentados, había un argentino, llamado Oswaldo, que cada vez que nos
encontrábamos de tiempo en un futbolín de la Plaza de Armas del Cusco, donde
rivalizábamos, me abrazaba fuertemente a la vez que me profería de un fraterno
¡hijo de puta! Era una muestra de la
confianza y la intimidad que teníamos con el gaucho. Me lo decía con afecto y
cariño.
Aunque
su uso ahora ya es parte del habla coloquial, la percepción como ofensiva o no,
varía ampliamente. En algunos países, los tribunales han llegado a explicar que
su utilización no constituye necesariamente una ofensa indemnizable. Esto se
debe a que el significado de las palabras no está únicamente en su construcción
semántica, sino también en la intención con la que se dicen y en la
interpretación del receptor. Recordemos el famoso ¡hijo de puta! que disparó el
gran Mario Vargas Llosa contra Hernando de Soto.
La
evolución del lenguaje y la integración de ciertas expresiones en el habla
cotidiana han llevado a un uso menos peyorativo de “hijo de puta”. En
Hispanoamérica, particularmente en la zona del Caribe y América Central, ha
proliferado el uso de variantes como “hijueputa” y “jue’puta”, que se han
convertido en expresiones de uso coloquial, no siempre malsonante.
Esta
expresión no es un invento actual, evidencia de su uso ambivalente podemos
hallarla en la literatura del Siglo de Oro español, ora como ofensa, ora como
encomio. Miguel de Cervantes, en el clásico de clásicos “Don Quijote de la
Mancha”, utilizó nuestro celebre insulto en algunos pasajes reflejando esta
dualidad:
- ¡Oh hi de puta, bellaco, y cómo es
católico!
- ¿Veis ahí -dijo el del Bosque en oyendo
el hi de puta de Sancho- como habéis alabado este vino llamándole hi de puta?
- Digo -respondió Sancho- que confieso
que no es deshonra llamar hijo de puta a nadie, cuando cae debajo del
entendimiento de alabarle. Pero, dígame, señor, por el siglo de lo que más
quiere: ¿este vino es de Ciudad Real?
En
resumidas cuentas, “hijo de puta” es una expresión que encapsula la complejidad
del lenguaje humano y su capacidad para adaptarse y transformarse según las
necesidades comunicativas de una sociedad. Su uso, lejos de ser unidimensional,
es un reflejo de la riqueza cultural y lingüística de los países
latinoamericanos, donde una misma palabra puede ser un insulto, un elogio o una
muestra de afecto, dependiendo del contexto en el que se utilice.
Hecho
el excurso anterior, volvamos a lo de mi amigo y su “después de todo tan hijo de puta no soy”, para que se entienda el
contexto en que lo dijo.
Aquella
noche, en la calidez de la cafetería, como taxónomos expertos identificamos a los hijos de puta de
toda laya, en su primera acepción como insulto por cierto: especie, género,
familia, orden, clase, etcétera. Cómo sucede cuando se emite cualquier juicio
de opinión, hay una carga subjetiva, por diversos motivos (alguna vez creo que
ya lo expliqué con motivo del sesgo), en quien emite el veredicto.
Después
de haber puesto en el asador a una variedad de especies de hijo de puta, uno de
ellos el periodista que denigra su profesión, tengo para mí que el más redomado
hijo de puta es el violador de menores, el pedófilo depredador sexual. Por el
contrario mi amigo, juez profesional, consideraba que no. Que el más hijo de
puta de todos los hijos de puta era el acosador sexual. Estuvo a punto de
convencerme con el alegato que recitó: “En
el vasto espectro de la conducta humana, pocas acciones son tan reprensibles
como las de un acosador sexual que explota su posición de poder. Este hijo de
puta, que debería ser un pilar de confianza y respeto, se convierte en el
depredador más vil, aprovechándose de la vulnerabilidad y necesidad de aquellos
a quienes debería proteger y apoyar. El acoso sexual en el lugar de trabajo no
es solo una violación de la dignidad personal, sino también un atentado contra
la integridad y la seguridad. La víctima, a menudo atrapada en una red de
dependencia económica y profesional, se enfrenta a un dilema desgarrador:
sufrir en silencio o arriesgar su sustento al hablar. Comparar a este hijo de
puta con los canallas más ruines es quedarse corto. Mientras que un canalla
puede actuar por debilidad o maldad, el acosador sexual que abusa de su poder
lo hace con plena conciencia de su inmunidad y la impotencia de su víctima. Es
un acto calculado, frío y despiadado, que deja cicatrices profundas en el
tejido de la moralidad y la confianza. Incluso en la “Divina Comedia” de Dante,
donde los círculos del infierno castigan a los pecadores según la gravedad de
sus faltas, sería difícil encontrar un lugar adecuado para este hijo de puta.
El abuso de poder para la gratificación sexual no solo corrompe el alma del
perpetrador, sino que también erosiona la base misma de nuestra sociedad, que
se sostiene en la equidad y el respeto mutuo.
Es, sin duda –remató su alegación- mucho peor que el más ruin de los
canallas y no tiene cabida en ninguna sociedad que valore la dignidad y la
igualdad”.
En
seguida me contó que tenía juzgando un caso de acoso sexual de una
dictadorzuelo de una provincia altoandina. Un hijo de puta –así se expresó rojo
de indignación- que eligieron como autoridad. Que exigía sexo a cambio de
trabajo a una pobre chica, la que tuvo el valor de denunciarlo. Como seguramente
lo habría hechos siempre hasta que le pusieron el pare. El cabrón mandó a su
mujer a llorarme. Ignora el hijo de puta –lo remarcó nuevamente deletreando
silaba por silaba la frase ingrata- que el orgullo no tiene forma ni sabor,
pero que es difícil de tragar. Que si se tiene que morir se tiene que morir de
pie y no escudarse en las faldas de su mujer. -Se expresó tan cabreado que dije
para mí que el diablo, pues no creo que Dios pueda acogerlo, se apiade del alma
de ese consumado hijo de puta, porque este juez lo va a freír vivo en aceite
hirviendo-.
Fue
así que, antes de despedirnos, profirió, luego de contarme su aventura amorosa,
su ya famoso “después de todo tan hijo de
puta no soy”.
Ica, 7 de junio del año 2024.







