Powered By Blogger

miércoles, 13 de mayo de 2026

EL SINDROME GATOPARDO Y LAS ELECCIONES EN EL PERÙ POST FUJIMORISTA.


Florencio Jara. 

Ernesto Sábato confesaba, con esa gravedad de quien cruza un umbral sagrado, que ante las obras supremas se comportaba como quien penetra en un texto revelador: “cada página es un hito de un viaje iniciático”, decía el maestro.

No comparto esa devoción, pero algunas veces tengo ideas profanas, insolentes, como que la ficción camina siempre un paso adelante de la realidad, como la sombra que precede al cuerpo en ciertos espacios rodeados de luminarias. No la anticipa por capricho del autor, sino porque la novela, en su universo de posibilidades, destila la anatomía de lo que ya late, soterrado, en el vientre de la historia. De eso trata precisamente la novela “El Gatopardo”, ambientada en la Sicilia del siglo XIX, donde el príncipe Salina ve desmoronarse su gobierno, su estructura de poder y de gollerías; entonces su sobrino, Tancredi, una víbora de salón como buen lector de Maquiavelo, dispara la sentencia que todos los electores deberíamos grabar a fuego lento en nuestras mentes: “si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”. Esta fórmula, desprovista de su ropaje literario, describe un mecanismo de conservación sistémica mediante la absorción de cambios en la periferia institucional, mientras el núcleo de la estructura de poder permanece inalterado.

En el Perú esta fórmula politóloga fue un diagnóstico quirúrgico del poder, pues desde la caída de Fujimori ha sido el alambique donde ese mosto fermentado ha sido destilado y servido en copas de cristal opaco.

Alberto Fujimori apareció en la escena política prometiendo conservar el estado de cosas que heredaba del gobierno de Alan García, con algunos ajustes intrascendentes. El otro, Mario Vargas Llosa, con ideas nítidas, prometía el cambio radical: shock, cirugía sin anestesia, mercado como verbo intransitivo.

¿Y qué hizo el pueblo? Lo que siempre hacen los náufragos: aferrarse al tablazo que flota a la deriva, aunque esté apolillado. Quizás el chinito resultaba simpático con su tractorcito y su chalequito. Quizás el miedo al reajuste era un fantasma demasiado reciente; quizá el pánico a un shock económico que ya había lacerado el estómago del país bajo el aprismo (recordemos que Alan García había sido el aprendiz de brujo del desastre), pesó mucho. Quizás, y esto es más turbio, las escenas apocalípticas de “The wall”, aquella película de Pink Floyd (esos martillos marchando; paredes pariendo rostros fantasmagóricos aullando; esa carne triturada en la maquinaria), difundidas arteramente por la propaganda aprista como un augurio de lo que haría Vargas Llosa, hicieron su trabajo en la psique colectiva. Lo irónico, lo que la novela de Lampedusa ya anticipaba, es que Fujimori, al hacerse del poder, aplicó, con torpeza de aprendiz y crueldad de ejecutor, la receta vargasllosiana que tanto injurió, pero mal aplicada, el shock no fue cirujano; fue hacha (Hurtado Miller y su expresión que pasó a la historia: “¡Qué Dios nos ayude!”). Y el corte, mal dirigido, dejó una cicatriz que definió la topografía política de las décadas siguientes hasta nuestros días.

Desde entonces navegamos en las aguas del neoliberalismo, o como quiera llamarse a ese archipiélago de mercados, privatizaciones y disciplina fiscal que se volvió geografía inamovible. O mejor dicho, navegamos en la ilusión de que cambiamos de rumbo mientras la corriente nos arrastra. Incluso cuando llegaron gobiernos que se autoproclamaron de izquierda, jurando en campaña giros copernicanos al modelo macroeconómico, el timón, al tocar el agua, giró hacia el mismo norte (ahí está Ollanta Humala de timonel). La promesa de Tancredi se cumplió con precisión de cronometro: se cambió la fachada, se pintaron de nuevo las paredes, pero las estructuras siguieron siendo las de siempre.

No hay ejemplo más paradigmático de este síndrome gatopardista que el gobierno de Pedro Castillo. Accedió al poder con un grito de refundación: nueva Constitución, ruptura con el modelo heredado, justicia social como eje. La realidad, sin embargo, es un espejo que no miente: las estructuras que prometía cambiar, lejos de desmoronarse, se han blindado. En este último tramo, cuatro inquilinos han pasado por la Casa de Pizarro, y sin embargo, la arquitectura del poder no ha crujido. Ni siquiera la moneda, ese termómetro de la confianza en los países que sangran, ha temblado. En cualquier otra latitud, semejante sucesión de crisis habría derribado el edificio; aquí, pareciera que el suelo es de concreto armado, y el edificio, aunque cambie de inquilino, sigue siendo el mismo. La estabilidad del sol no es un milagro económico: es la quietud de un sistema que ha aprendido a absorber los terremotos sin variar su eje.

Y ahora, ante el umbral de las próximas elecciones presidenciales, el guion se repite con la precisión de un mecanismo de reloj suizo. Un candidato, antes de la primera vuelta, pregonaba un cambio estructural radical, eco directo de la línea castillista: derogar la Constitución, destituir al presidente del Banco Central de Reserva, incorporar a un militar de izquierda radical, aquel que saltó a la fama tras tomar una comisaría en Andahuaylas, en las alturas de Apurímac. Parecía el advenimiento de lo nuevo. Pero al llegar la segunda vuelta, la retórica ha comenzado a mudarse. Ahora habla de tomarse un cafecito con el funcionario bancario de marras, toma distancia del líder nacionalista que antes abrazaba, y maquilla sus propuestas con la prudencia de quien ha descubierto que el poder no se alcanza con arengas, sino con pactos. Es, ni más ni menos, la materialización exacta de lo que Tancredi profetizó: cambiar para que nada cambie.

La ficción, insisto, va un paso adelante. No porque adivine el futuro, sino porque conoce la fisiología del presente.

Si no nos salimos del libreto que contiene “El Gatopardo” las próximas elecciones, como todas las anteriores, será un ritual de renovación que consagre la continuidad. O tal vez no.

El tiempo nos lo dirá.

Ica, 29 de abril del 2026.